Rogelio                                                                                                                                                Homepage


ROGELIO . . .

Carmela Collazo Rivera era la mayor de cinco hermanos. Para el año 1945 vivía la familia en Río Piedras, Puerto Rico. Los padres de Carmela, aunque tenían limitaciones económicas, lograron que su hija mayor asistiera a la Universidad. Se matriculó la Señorita Collazo en la Escuela Normal para Maestros. Al cabo de dos años recibió su diploma .

Fue asignada a una escuela rural en otro pueblo bastante lejos del suyo. Las clases comenzaban el próximo lunes y Carmela fue a la oficina del superintendente el sábado anterior. Allí recibió algunos materiales de enseñanza; libros, tiza y papel. Se le informó en esa oficina que el material sería enviado a la escuela. Entre otras cosas la maestra investigó que debía hospedarse en el mismo barrio donde estaba ubicada la escuela. Regresó a su casa y explicó a su familia lo que sabía de la escuela.

Llegó el lunes. ¡Qué emoción! Como la escuela quedaba distante, Carmela decidió salir temprano de su casa. A las seis de la mañana abordaba la guagua. Luego otra, y otra más. Esta última la llevó hasta el final de la carretera. La Señorita Collazo desconocía por completo aquel sitio, pero como de costumbre al final de la carretera había una tiendita de campo. Carmela entró allí y preguntó cómo se llegaba a la escuela. Ella pensó que ya le faltaba poco para llegar.

Para sorpresa suya el dependiente de la tiendita le informó que afuera de la tienda, estaba un caballo que la llevaría a la escuela. "¿Qué distancia hay de aquí a la escuela?", preguntó Carmela. "Unos ocho kilómetros más o menos", respondió el dependiente. La señorita salió de la tienda y vio el caballo. Tan flaco estaba el animal que inspiraba lástima. No había más nadie por allí. Carmela volvió a la tienda y preguntó a uno de los parroquianos si sabía dónde estaba el dueño del caballo. "No se preocupe", Señorita, suba al caballo y déjelo galopar, él sabe el camino," contestó el parroquiano. Carmela se asustó de veras. De niña vivió cerca del campo pero nunca se le ocurrió montar a caballo. "Vaya con Dios," le dijo el parroquiano y Carmela se alejó. Tratando de recobrar el control, agarró las bridas del caballo y caminó hasta llegar un poco retirado de la tienda. "¡Aquella roca! Allí me voy a acercar para ver cómo me subo a este (Cadillac) que me trajeron aquí," pensó Carmela. Dicho y hecho. Arrimó la bestia a la roca lo más que pudo. Dio vuelta alrededor de ésta. Subió a la roca y luego de allí al caballo. Empezaron a caminar por aquellas montañas y valles desconocidos para la maestra. No se veía ni un alma por aquellos parajes y Carmela decidió entablar conversación son su compañero. "A ver si es verdad que tú conoces el camino. Si te desvías nos perderemos los dos porque yo no soy de estos lares," dijo al caballo. Este relinchó suavemente, como queriendo decir "no se preocupe, yo sé mi oficio." El sol candente denotaba que era ya cerca del medio día. ¡Qué desolación!, pensó Carmela. Sólo se veía, montes, llanos y colinas. De pronto Carmela presintió un problema. En la falda de la montaña había una cerca y si se bajaba del caballo para abrir el portón no se iba a poder subir otra vez. Por allí no había rocas como al principio de la jornada.

Pero luego pensó que no se iba a preocupar hasta llegar al sitio. Su padre siempre le decía, "no trates de cruzar un puente hasta llegar a él." Al poco rato llegaron a la cerca. Para sorpresa de la maestra, el caballo dio la vuelta y pasó por otra parte donde la cerca era más bajo. "¡Qué inteligente eres!, dijo Carmela a su compañero. Continuaron su camino al paso lento pero acompasado del caballo. Aquél era un sitio solitario. Sólo se divisaba un bohío que otro perdido entre los sembrados de plátano, de café y de otros frutos menores que allí se cultivaban. Alejada del bullicio pueblerino, Carmela se sintió extasiada por aquel silencio que sólo se interrumpía a intervalos, por el bramar de las vacas que pastaban por allí.

Habían caminado por espacio de dos horas y la maestra empezaba a tenerle confianza a su compañero. En ese momento pensó en un vecino suyo allá en la ciudad, al que ella respetaba mucho. Don Rogelio, que así se llamaba el vecino, era muy apreciado en la comunidad. Se distinguía por ser muy correcto: pero era muy lento al caminar. Carmela se dirigió al caballo de nuevo y le dijo, "¿sabes que te pareces mucho a Don Rogelio mi vecino? El es muy sabio pero camina despacito como tú. ¿No te enojas si te llamo Rogelio?" El caballo no hizo ningún signo de protesta y Carmela interpretó que le agradaba el nombre.

"¿Cuánto nos faltará para llegar?" pensaba ella. Rogelio era el único que lo sabía. Mientras pensaba en todo ésto, la señorita divisó a lo lejos, unos campesinos. "Ahora sí voy a saber lo que tú no me quieres decir, Rogelio". Al acercarse a los agricultores nota que dejan de labrar la tierra y se dirigen a ella. "Buenas tardes profesora," le dicen. Carmela los saludó pero en su mente se preguntaba si era cierto que ya ella tenía tipo de profesora, pues nunca había visto a aquellos campesinos y sin embargo ellos sabían quién era ella. "¿Falta mucho para llegar a la escuela?" les preguntó. Ellos le informaron que le faltaba muy poco trecho por caminar. Continuó Rogelio su marcha. Pasada aquella colina llegaron a un llano, donde había una casucha pequeña. Allí se detuvo Rogelio por más de quince minutos y Carmela pensó que estaba cansado. A la Señorita le pareció que el caballo no tenía intenciones de reanudar el viaje.

Al poco rato apareció un señor a caballo y se detuvo al frente de la casucha. Le informó a Carmela que aquella era la escuela y la ayudó a bajar del caballo. Este señor abrió la casa y mostró a la maestra el aula de clases. "Con razón Rogelio se detuvo aquí. El sabía que ésta era la escuela," pensó Carmela. Por un momento se quedó atónita frente a lo que veía. Aquella era la escuela. En su práctica de maestra estuvo en contacto con cosas muy distintas. Ahora se enfrentaba con algo nuevo. El campesino que vino a abrir la escuela sacó a Carmela de sus meditaciones cuando le preguntó si le gustaba la escuela. "Sí, señor," contestó ella muy a prisa, temiendo que el campesino adivinara sus pensamientos. Después de todo la escuela se veía un poco más amplia por dentro.Había cuatro mesas y dos bancos largos a cada lado. Cómodamente cabían doce estudiantes en cada mesa. Por la mañana asistirían los niños de primer y segundo grado y en la tarde los de tercero y cuarto. Además de las cuatro mesas y los ocho bancos, había una pizarra. Eso era todo el mobiliario de la escuela. El campesino que la acompañaba le informó que a la mañana siguiente estarían los niños en la escuela. Cerraron la escuela y el campesino prometió estar allí al otro día. Ayudó a la señorita a subir al caballo y luego se alejó.

Continuó Rogelio su marcha y al pasar aquel llano Carmela observó que en la próxima colina había muchas casitas pequeñas. Pensó que allí vivían los estudiantes de ella. Mientras tanto Rogelio se dirigía a otra colina. Caminaron por un rato y el caballo se detuvo frente a una casa. "Ahora, ¿qué vamos a hacer aquí?" preguntó a Rogelio. Este no se movió.

Pocos minutos después apareció una señora de mediana edad, en el umbral de la puerta. Muy alegre se dirigió ella a Carmela y le dijo, "desde esta mañana la estoy esperando". La Señorita Collazo no salía de su asombro. Todo el mundo parecía conocerla en el barrio. "¿Por quién supo de mí?", preguntó Carmela. "Por Sócrates", repuso la señora. "¿Quién es Sócrates?", pensó la maestra. Y "¿dónde está Sócrates?", preguntó Carmela. "Lo tiene usted ahí de cuerpo presente" respondió la señora, y señaló a Rogelio. La señorita pensó que había estado muy atinado el nombre para el caballo. La señora le dijo que ella era Jesusa Medina y la invitó a bajar del caballo para que entrara a la casa. Doña Jesusa le informó a Carmela que allí era donde se hospedaban las maestras. La maestra bajó del caballo. Entraron a la casa y Carmen se sentó a descansar. Rogelio permaneció frente a la casa por algunos minutos. Luego levantó la cabeza y miró a la maestra. "hasta luego" dijo Carmela al caballo. "Muchas gracias por acompañarme hasta aquí." Se alejó Rogelio perdiéndose lentamente entre la espesura del cafetal. Doña Jesusa le trajo una taza de café prieto a la maestra y le dijo que podía acostarse a descansar mientras ella preparaba la cena. Carmela estaba muy cansada después de aquel largo viaje. Mientras descansaba en la cama la maestra observó el dormitorio. Las paredes eran de madera rústica y no había ningún adorno en ellas. Solamente había los muebles necesarios en la habitación, una cama, una mesita con una silla y una cómoda. Mirando hacia arriba, se fijó que el cuarto estaba techado de zinc y pensó, cómo sonaría un aguacero en aquella casa. Doña Jesusa la sacó de esas divagaciones cuando vino a anunciarle que la cena estaba servida. Pasaron al comedor, que era un una esquina de la reducida cocina. Allí había una mesa bastante usada y tres sillas que hacían juego con la misma. Aquel asopao de pollo le supo a gloria. Pasada la cena se fueron a hablar al batey. Allí había unos troncos de árboles tirados en el suelo. Doña Jesusa se sentó en uno de ellos y Carmela hizo lo mismo. La dueña de la casa le dijo a la maestra que ella vivía allí con su esposo. No tenían niños. Carmela indagó sobre Sócrates. Doña Jesusa le explicó que Sócrates pertenecía a Don Ramón Martínez. Este señor había asistido a la escuela por pocos años pero sabía mucho. Tenía en su casa una serie de libros muy viejos pero muy importantes. Los había heredado de sus antepasados. Don Ramón había leído de mitología y de ciencia. Era un "letrado" de acuerdo con la gente del barrio. Don Ramón había dicho que para el próximo año Sócrates se jubilaría porque ya estaba muy viejo. Estaban entrenando otro caballo. Sócrates era el caballo de los maestros. Sólo se empleaba para traer y llevar la maestra los lunes y los viernes hasta la carretera y para llevarla de la casa de hospedaje a la escuela en la mañana y de regreso en la tarde. Sócrates sabía su rutina diaria porque desde hacia cinco años la maestra siempre se hospedaba en la casa de Doña Jesusa.

Ya estaba oscureciendo y aparecieron otros vecinos que vinieron a conocer a la nueva maestra. Hablaron un rato y como a las ocho de la noche apareció Don Zoilo con dos caballos cargados. Había salido para el pueblo desde por la mañana. El era el encargado de traer los libros y otros materiales para la escuela. Doña Jesusa hizo las presentaciones de rigor.

Don Zoilo se quitó su pava y saludó a la maestra. Doña Jesusa, su esposa entró a la casa y trajo café negro para todos. A Carmela y a Don Zoilo le trajeron café en una taza pero al resto de la gente le trajeron café en un coco. Mientras unos y otros hablaban con Carmela los árboles de china y los de mangó también tenían su conversación. Pues hacía brisa esa noche y Carmela pensaba que los árboles también querían conocer a la nueva maestra. Aunque Carmela estaba un poco triste por estar lejos de su familia por otra parte se sintió muy contenta de poder conocer a aquellos jibaritos, los padres de los estudiantes a quienes ella conocería a la mañana siguiente.

Era luna llena y el paisaje era precioso. La casita de Don Zoilo y de Doña Jesusa estaba rodeada de árboles frutales. Tal parecía como si los árboles estuvieran jugando el juego de "Doña Ana No Está Aquí", pues daba la impresión que el naranjo le daba la mano al mangó y el mangó al limón y el limón a una mata de guineo y parecía una rueda.

Los vecinos se fueron despidiendo poco a poco. Don Zoilo se quedó en el batey descargando los caballos. Doña Jesusa y Carmela entraron a la casa. En el dormitorio de la maestra había un quinqué y otro en la sala. Carmela le dio las buenas noches a Doña Jesusa y se retiró a su habitación. En medio de la serenata de los coquíes Carmela se quedó dormida.

fin.....

© 1958 por: Loly

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